Lo sabía, porque lo vivió antes. Lo sabía, que llegaría el día. Ese día, amanecería y no le dolería ya nada. Se sentiría muy extraño, con esas ganas tontas de vivir, pero de otra manera. Entonces, la pensaría, como cada día desde que la conoce la piensa. Pero ese día, la pensará de otra forma. Y correrá a buscarla; seguro de encontrarla, como siempre.
Amanecen días raros. Días en los que nada nos duele, no debemos nada, nos sentimos en paz con el mundo y con nosotros mismos. Son días extraños por lo único. En esos días prometo mirarte a los ojos, tomar tu mano y pasearte. Prometo aprovechar cada segundo en vivirte, en olerte, en conocerte. Prometo aprender de ti, todo lo bueno, lo que te hace feliz, lo que te hace reír. Prometo paladearte, saborearte, respirarte. En esos días prometo: acariciarte con tus manos, mirarte con tus ojos, escucharte solo a través de tus oídos. Centrarme al fin, en una sola cosa, en ti.
Ante aquella certeza, tan simple, tan fácil, tan amable, no quiso. Negarse a ser feliz era su sino, arrepentirse luego, también. Todo era cotidiano con ella, tan tibio, tan acogedor, tan ideal como solo pasa en los sueños. Tanta obviedad lo asustó y se marchó.
Dedicado a: Alexis Ravelo y a mi viejo profesor de filosofía: Don Francisco Mayor (donde quiera que esté)
Habían acordado cuidarla entre los dos, aquellas violetas, tan bonitas, en su maceta de terracota, recién comprada, en uno de aquellos paseos aireando su amor. Amor, recién estrenado, como su matrimonio, como aquel piso, tan céntrico, tan de muebles caros, tan bien decorado, con ese estilo minimalista, tan del gusto de ambos. La planta pasó a ocupar un lugar privilegiado en el salón. Al lado del ventanal, encima del buró. Durante aquel año, él cuidó de abonarla, mientras ella le procuró el riego diario. Meses más tarde, seguía ahí, en su lugar destacado, en el salón. Con menos flores y algo deslucida. Ella pensó: ¿la estaré regando lo suficiente? Y dobló la cantidad de agua, extremó los cuidados: limpió sus hojas, la protegió de las corrientes, intentó que le diese el sol pertinente. Él, ocupado en su trabajo, con un ascenso inmediato, en la compra de un nuevo coche, en fin, en sus cosas. Olvidó su parte del trato (proporcionar el abono adecuado a las violetas). A veces, reparaba en ella, en lo fea y ajada, que se estaba poniendo. Entonces, protestaba, recriminando a su mujer, el descuidarla. La esposa, angustiada, la ahogaba en agua y extremaba aún más si cabe, sus atenciones. Las raíces podridas, por tanto exceso, la planta mustia, marchita y seca, por defecto. Ahí seguía el maravilloso piso, con su decoración minimalista, y su magnífico salón. A simple vista, parecía el mismo. Solo que, en el lugar, especialmente elegido, ya no había maceta de terracota, ni violetas, ni.
Me cuesta, no llorar, al recordar la primera vez que te tuve entre mis brazos. Antes de los nueve meses, en que fuimos una, a pesar de ser dos, ya te soñaba. Recuerdos, momentos, etapas, risas, llantos…todo conforta, estos años, en que nos has llenado de felicidad. Ínventar nuevos mundos, es lo que siempre intenté, para ti, para los otros. Alguna vez, espero haber acertado. La mayoría de las ocasiones he tenido que ir improvisando.
Me lo dices siempre…pero no me lo creo. Me cuesta oír halagos, no es falsa modestia. Siempre te escucho, es sencillo, porque eres complejo.
Incrédula, indecisa, insegura a veces. Tú, me conoces, sabes cómo soy. Por eso, me das la palabra justa, la que espero.
Cada momento vivido, es único, cada ser, es único. Tú eres especial y único para mí. Me escuchas, así de simple.
Hay diversas clases de relaciones, distintos amores, alianzas eternas, difícil encontrar la palabra que defina lo que nos une.
Entonces, nacen los libros, para explicar lo que no podemos con una sola palabra. En algún libro lo leí (siento no recordar cual).
La nuestra, espero, algún día, contarla en forma de novela, cuento, relato…sobre todo será un canto a la valiosa amistad; hasta entonces te digo: gracias…
Podría mentirte y mentirme. Decirte: que estaré aquí mañana, como hoy, como siempre, aguardándote con mi mejor sonrisa, mis brazos y mis ventanas bien abiertas. Parar el tiempo y parar mi mundo. Pero… Mañana será tarde, quizá, si vienes a buscarme, me habré ido. Voy recordándome sin ti. Viviendo aquellos días grises, pero tranquilos y, míos tan míos. Días llenos de futuro, de promesas, sin juramentos. Días llenos de esperanza, por el mero hecho de estar viva. Mañana será tarde, quizá, si vienes a buscarme, me habré ido. Se acabó el tiempo de la espera, no quiero más esperas, sin ti a mi lado. Y aunque sé, que algún día (me podrá la nostalgia) iré hasta allí, ocuparé tu barra, tu sitio, beberé de aquella copa y hablaré con tus amigos. Lo haré como quién hace un brindis al sol. Como brindo cada día por los míos (los que ya no están). Mañana será tarde, quizá, si vienes a buscarme, me habré ido. Me iré a pasear los mismos lugares, visitaré aquellos paisajes, que un día soñé, contigo a mi lado. Pero no estaré sola, sé que ya nunca estaré sola, porque siempre habrá alguien, dispuesto a partirse en dos para que no se apague mi luz. Alguien que, como yo, solo aspire a ser un faro solidario, en medio de tanta loca oscuridad. No me daré por vencida, jamás. Mañana será tarde, quizá, si vienes a buscarme, me habré ido. Y sé, que te irá bien, que alcanzarás todo cuanto sueñes. Bailarás en otros cuerpos, leerás en otros libros y escribirás en mil cuadernos. Disfrutarás al fin de esas plazas, paisajes y de ese cielo tan contaminado como anhelado. También sé, que si al final no encuentras lo que buscas (un poco de autenticidad) y te pueda la soledad. Prenderás la luz de la memoria y los recuerdos fundirás. El tiempo junto a la distancia, coloca todo en su lugar. Ocuparé entonces mi sitio, en tu rincón y pensarás: "¿qué andarás haciendo ahora?” Mañana pues… Esta tristeza que inunda mi ser ya no tendrá sentido. Si vienes a buscarme mañana, quizá, ya no estaré. Ayer, ya no me acuerdo si te amé. Mañana, seguro, habré partido en busca de mis sueños y, seré feliz. Como siempre. Hoy todavía sigo aquí, haciendo lo que más me gusta: vivir en gerundio, es decir, viviendo, salpicando, amando, amando-te. Mañana será tarde…
Una noche haces una llamada y a través del auricular, escuchas la voz más preciosa, la voz soñada, anhelada, con la cual deseas dormirte y ardientemente oír al despertar. Es una breve charla, intrascendente, precipitada, pero todo el azul del cielo cae sobre tu pobre alma. Y es así, sin buscarlo, como te llega, tú solo sientes que todo se te enciende dentro. Sabes que es un absurdo enamorarte de una voz. Es otro absurdo tu amor. Otro día, ya en la noche, lo ves, lo reconoces, una mirada, apenas una sonrisa, aquel gesto tan suyo, ya para siempre inolvidable. Otra noche, aquella en que el paseo te llevó hasta su cala, a su primer abrazo, a su primer beso... y crees desfallecer de la dicha. Sabes que es un amor imposible. Te lo grita tu intuición, pero a ti te encanta hacerte la sorda. Sabes que es imposible cruzar una vida con la otra, que él, no necesita de tu amor, que es solo una quimera, mañana él se irá y no lo verás más. Sabes que eres afortunada, porque un día tocaste a tu amor, pero también sabes que es imposible tu amor. “que el amor que le tienes a tu amor imposible no necesita a tu amor imposible”. Lo sabes y a pesar de todo das gracias por estar viva, por reír, por llorar, por encontrar sin buscar.
Te lo dije: acabaremos bailando y ese baile será un tango. Si acaso ya no lo hicimos, bailando así amarraditos. Bailando yo el paso. Bailando tú el ritmo. Mi boca, bailando en tu boca. La pasión, bailando en el aire. La música, bailando arrabalera. Tus manos, bailando por mis caderas. Tu mirada, bailando en la mía. Nuestros cuerpos, bailando figuras. Nuestros pies, bailando los pasos. Nuestros corazones, bailando acompasados. Subimos, bajamos, giramos, volvemos, vamos, nos revolvemos, nos rodeamos, nos paseamos, nos…
Al sentir la magia, las mariposas y toda la tristeza que, ello me producía, dudé, todo en mí, fue duda. Ante tanta incertidumbre, “estar enamorada” era la única certeza.
Un solo hecho: nosotros, podríamos ser, la pareja perfecta; ¡pluscuamperfecta! Porque lo sé, porque nadie antes, ni alguien después, podrá entender nuestra hermosa locura.
También sé porque lo sé, que si no puede ser, no será. Pero permíteme dudar, al fin y al cabo, dudar, es mi obviedad.
De pronto un día, alguien, me propone que, te haga un amarre y, yo me rio, quizá, porque no creo. ¿Qué mayor hechizo para el amor que amar?
Si no puedes amarme, no me amarás. Si mi amor no te basta, si mi amor no me salva, si mi amor no te trae hasta mí, hasta mis alas y mis pies. No quiero: conjuros, ni hechizos, ni amarres, ni lazos, ni siquiera algún brebaje.
Que puedo decirte, amor, que tú no sepas, que yo no desee. Compartir extraños pensamientos, con los que alimentamos, a nuestra mente inquieta. Y acompañar silencios, ellos conforman, el mejor desconxuro contra las meigas.
Lo más fácil hubiera sido la verdad. Pero ¿y entonces la vida? No quería su compasión, ni sentir su lastima. Ahora, más que nunca, necesitaba sentirse viva, como aquella noche, como aquel día. Sentirse normal con sus miserias, sus lágrimas, sus risas y, a ratos de, esos algos, parecidos a la felicidad. Era tan sencillo, ser feliz, le bastaba con su compañía, su palabra, su silencio, su mirada. Contemplar serena cada gesto, saboreándolo todo. Compartir: una copa de vino, una lectura, mientras oían de fondo, sus canciones favoritas. Intervenir de una misma realidad, equivale, a veces, a estar en planos diametralmente opuestos. Por eso sus prisas, sus ansias y sus ganas; combatían con él y, sus desganas, su vísteme despacio y sus mañana, mejor lo dejamos para mañana. Entonces ella reía con la más acogedora sonrisa. Pensaba ¿quién me asegura a mí el mañana? Sí, cierto, hubiese sido más fácil, más oportuno, contarle que: cada nuevo día, al despertar, daba gracias, tan solo, por seguir allí. Pero, como explicarle: que todo ese miedo sentido por él, al compromiso, a compartir, a volver a amar y quizá incluso, a volver a fallar; no tenía ningún sentido (no con ella). Distraído, como siempre, ni siquiera se había percatado de aquella sombra perenne, que impávida la acompaña, ni del frío, ni de la guadaña.
En estebreve instante en que nuestras miradas En ese breve instante en que nuestras manos En aquel breve instante en que nuestras bocas En este breve instante en que nuestros corazones En ese breve instante en que nuestro dolor En aquel breve instante en que nuestras almas En este preciso, breve, eterno instante en que nuestras vidas se cruzaron.
Sorprendido de su propio llanto, corrió hasta su espejo y la vio, ahí, en su pupila sentada. Ella, llorando, inconsolable. En cada lágrima, reflejada: su cara, sus ojos, su pupila con la mujer sentada.Frente al espejo, el espejo de agua de sus lágrimas, transformaba en infinitas: lágrimas, ojos, pupilas, mujeres, caras y, en el fondo de todo... su alma atormentada.
Cuando terminó aquella línea se sintió bien, pero no un Balzac. Miro al sofá, se acomodó y, pensó en un dinosaurio que aparentemente nunca estuvo ahí. Tomó un sorbo de su té y pensó que estaba razonablemente loca (como una cabra) y evidentemente sola, sin llegar a la Gloria (de los) Fuertes, ni con su ayuda. Respiró, profundamente, y se reconoció definitivamente feliz.
Aquella mañana soltó la aguja, el hilo y el dedal. Por primera vez se dedicó a ella misma. Acomodó bien sus alas, esparció sus polvos y se dispuso a volar.
Él le dijo (citando a Oliveiro que citaba a Girondo):… “Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!”. Y, ella, se lanzó desde lo más alto. Pero las alas de su imaginación no evitaron que apareciera, muertita, en el fondo del acantilado.
Sin embargo... Me gustan mis pies Porque reflejan lo vivido. Me gustan mis pies porque nunca están cansados. Me gustan mis pies porque muchas veces han tropezado. Me gustan mis pies porque me llevan lejos, a pesar de mi indolencia. Me gustan mis pies porque saltan, corren, brincan. Me gustan mis pies porque saben bailar y seguir el compas. Me gustan mis pies porque han viajado, han taconeado, han explorado Me gustan mis pies porque pisaron la Catedral de Santiago. Me gustan mis pies porque a ti te gustan. Me gustan mis pies porque como fetiches, los has adorado. Me gustan mis pies porque te han acariciado, mucho más que mis manos. Me gustan mis pies porque los has besado. Me gustan mis pies En fin… Aunque ahora estén hinchados.