Y la bailarina murió aplastada bajo una nube de algodón en el sueño de aquel loco.
Cada tarde sentada a su sombra le llora sus penas, contándole de sus soledades y de sus sueños. Quizá nunca encontrará, al hombre anhelado, al amor idealizado. Y aquel árbol flechado le pide a los dioses un milagro.
Ahora cada día las lágrimas de aquella lánguida mujer son su alimento y sus promesas el humus necesario para su crecimiento.
Poco a poco su tronco deja de ser armadura rígida y torna en otro que, contiene vísceras, músculos, piel, huesos…
Mañana terminará su mutación e indefectiblemente podrá abrazarla y ofrecerle su adoración.