Sí, quizá él la describió tal y como era. Los golpes de la vida, su separación, la muerte de algún amigo, la de un familiar no esperado…Todo hizo más mella de lo que parecía. Y sí, no es que ahora no fuera feliz, pero esa huida hacia adelante, la obsesión en no perder el tiempo, dejaba claro alguna carencia. Pudo ser domingo o tan solo parecerlo, cuando abrió aquella ventana para cerrar indefectiblemente esta puerta. Sí, era cierto estaba sola como antes, como siempre, pero era ella; nunca dejaría de ser ella. Y esa certeza era la que a él le pellizcaba el corazón. Siempre sería así y la imposibilidad de merecerla le resultaba insoportablemente dolorosa. Podemos querer lo que tenemos, por eso a ella ya solo podría recordarla. En todo esto pensaba, mientras se mecía sentado en el filo de su cobardía. Esperando que el tiempo abriera finalmente esa ventana o al menos cerrara la herida.





Lo que me atrajo de ella la primera vez que la vi, fueron sus ojos, tan tristes. Luego su olor a mujer y a perfume caro, tan personal, tan ella. Más tarde fui venciendo mi natural desapego, gracias a su ternura, me dejé de a poquito: tocar, acariciar, mimar, me fui entregando. Así me fue enredando, siendo como un perrito faldero, detrás de ella apenas aparecía por la casa. Ésta de pronto parecía más viva, amable, cotidiana.

