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viernes, 28 de agosto de 2009

Princesa Valente de Curazao

Había una vez una princesita llamada Valente. Vivía en el país De Los Bellos Amores- este país sólo existe en los sueños de los que aman de verdad-. Se pasaba el día y la noche durmiendo cobijada por una planta de aloe, esperando a que sus padres se encontraran y se amaran. Y tal vez, entonces y sólo entonces, la princesita despertaría a este mundo.
Su madre soñaba engendrar -del amor más grande- una niña.
Su padre fantaseaba con encontrar a alguien a quien poder amar tanto, tanto, tanto, que de ese amor naciera la más bella y valiente flor.
Así fue cómo desde dos puntos muy, pero que muy distantes: un hombre y una mujer acariciaban el mismo sueño. Tras mucho tiempo -ese hombre y esa mujer- se encontraron sin buscarse. Se reconocieron, se supieron, se anudaron y se amaron.
Valente, despertó del país De Los Bellos Amores y se hizo realidad en éste.
Cuentan de que el aloe posee muchas propiedades curativas. Ahora tú al igual que yo sabes que esto es debido al amor, al verdadero amor. Y a esa princesa llamada: Valente, a la que tanto tiempo esta planta abrigó.

jueves, 2 de abril de 2009

El batidor de plata

Todos la llamaban así: la Vagabunda, para hacer honor a la verdad, todos menos uno, el Tabernero, que la llamaba Princesa. Un día, recogiendo cartones, como siempre, en aquellos callejones malolientes; percibió sorprendida un objeto que brillaba en medio de tanta basura. Al acercarse descubrió que era un batidor de plata. -Un batidor, que es como nuestros abuelos llamaban a los peines-. Al levantar la mirada, vislumbró en el cristal de una vieja ventana, su imagen reflejada. El objeto encontrado despertó una coquetería ya olvidada. Comenzó a peinarse, a cada tirón en su pelo, tan enredado, la mitad de los cabellos se partían y caían al suelo, convirtiéndose en finos hilillos de oro. A cada pasada del peine, iban desapareciendo: canas, mugre, ojeras. Su melena brillaba al igual que sus ojos y, sus labios volvíanse gruesos y jugosos como antaño.
Mientras hacía un ovillo con los hilillos de oro, lo vio. Su Caballero, el que nunca la miraba. Ese día venía solo, casi siempre lo acompañaba una Dama muy puesta, muy guapa y algo altiva. Se acercó sonriendo y le preguntó:
-¿Puedo invitarla a un té?
Juntos partieron hasta la taberna, a lo lejos la Dama Altiva alcanzó a verlos, presa de los celos los siguió. La vagabunda relató al Caballero lo ocurrido con el batidor de plata. El Tabernero, ha escuchado toda la conversación; mientras que se acercaba para atenderlos.
-Buenos días, Caballero. Buenos días, mi Princesa-dijo.
Escondida, la Dama Altiva lo había oído todo y urdió la forma de robarle el batidor a la Vagabunda. No se dio cuenta de que el Tabernero la observaba, éste no alcanzó a entender lo extraño de la escena.
La Vagabunda, gracias a sus cabellos convertidos en oro, se compró una modesta, pero bonita casa, tenía hasta un pequeño jardín. Su Caballero no dejaba ni un día de visitarla.
Uno de aquellos días en que andaba atareada en el jardín, la Dama Altiva (que estaba al acecho, esperando la ocasión) entró y, rauda y veloz se apoderó del batidor.
Por el camino hacia el pueblo, se cruzó con el Tabernero, éste iba a visitar a la Vagabunda -su Princesa-, que lo había invitado a tomar un té en su nueva casa.
La encontró en el jardín, se saludaron y pasaron a la salita. Ella puso la tetera con el agua a calentar y le dijo:
- Disculpa por mi aspecto voy a asearme y a poner orden en mis cabellos.
No encontró el batidor, lo buscó; pero no logró encontrarlo, estaba segura de que por la mañana, al terminar de peinarse, lo había dejado ahí. Salió preocupada hasta la salita. La tetera pitando avisaba que el agua ya estaba lista, la apartó del fuego.
-Tabernero, no encuentro el batidor.
-¿Has mirado bien, Princesa?
Juntos buscaron por toda la casa; pero nada, había desaparecido. La vagabunda lloró abatida. Él trató de consolarla, ella le pidió que se marchara. El Tabernero se despidió taciturno.
Pasaron varios días y la vagabunda se fue apagando; como antes volvió a estar triste, no se aseaba y, sin su batidor, tampoco se peinaba. Su Caballero dejó de visitarla. El único que seguía viéndola; como siempre, era el Tabernero, que no sabía ya qué hacer para consolarla.
La Dama Altiva y el Caballero volvieron a frecuentar juntos la taberna. Se fijó, entonces, en que la Dama iba, aún, mejor vestida que antaño. De pronto, lo vio claro, recordó la extraña escena del día en que Princesa encontró su batidor y, de que el día en que este desapareció, se cruzó con ella por el sendero. ¡Voilá!
En un descuido de la Dama, el Tabernero tomó su bolso, detrás de la barra lo registró y encontró el batidor de plata. Lo escondió y devolvió el bolso de la Dama; sin que esta, se percatara de nada.
Corrió en busca de su Princesa. Esta, al ver su batidor de plata, se puso muy feliz. Mientras escuchaba, atentamente, toda la historia, comenzó a ver al Tabernero de otra manera, reconoció tristemente que ella nunca, hasta ese momento, lo había mirado. Él, alentado por aquella mirada, tan tierna, le confesó su amor.
Después, Princesa y Tabernero se casaron. ¿Es necesario decirlo?
Pusieron el batidor a buen recaudo. ¿Es necesario decirlo?
Fueron felices por siempre jamás. Naturalmente. ¿Es necesario decirlo?

domingo, 29 de marzo de 2009

Narciso y el espejo mágico

Erase una vez una campesina, que estaba enamorada de un joven poeta, apuesto, atractivo y galante.
Mientras dormía…Una noche: Onírica, que era el hada que habitaba en el bosque de los sueños; quiso prevenirla –mi buena campesina, cuídate del falso poeta, ya, que es incapaz de querer a nadie fuera de él mismo. Sabe como tejer redes de encanto a su alrededor, para atrapar a las jóvenes inocentes como tú; pero sólo te usará en su propio beneficio. Aquí te dejo este objeto mágico, es un espejo: tiene la facultad de mostrar el alma-le dijo.
Al despertar, la campesina, lo halló a su lado, en la almohada. Lo tomó y al mirarse en él contempló la imagen de una chica muy hermosa, rodeada de ángeles, pajarillos, mariposas...
Entonces, se fue en busca de Narciso, que era el nombre del poeta. Lo encontró en la plaza del pueblo, rodeado de bellas muchachas, que le oían fascinadas.
El poeta, al ver a la campesina se acercó, sonriente. -¡Hoy estas tan guapo! Mírate- le dijo ésta.
Ante los ojos, atónitos, de ambos, apareció reflejado en el espejo, un hombre muy feo, muy oscuro; rodeado de un paisaje gélido, y de múltiples espectros, que imploraban y se desangraban arrastrando cadenas. El pecho opalino dejaba ver un corazón aciago, perverso, negro como el azabache.
La campesina, desconcertada, corrió despavorida y no paró hasta estar muy lejos del poeta, al que nunca, jamás, volvió a ver. El espejo lo guardó como su más preciado tesoro.
Y cuentan, que cuando algún muchacho, fuera o no poeta, la cortejaba, ella le hacía mirarse en el espejo. Así, conoció al que fue el amor de su vida, pero esa es otra historia…