Me voy a la cama rodeada de palabras que no me abrigan nada. Y ahí, se quedan desparramadas por la alfombra, por la almohada, ahogadas en mi vaso de agua.
La asesinaste hace mucho, pero su fantasma no te abandona. Es tan obstinada que ha encontrado la forma de seguir inspirándote. A través de tus escritos salta hacía otros cuerpos (de mujer, claro) y los posee. Hace tiempo que lo sé y esa es la razón por la que ya nunca te leo. Pero ella muta, cuál virus, convirtiéndose en mi musa y me arrastra. De nada sirve resistirme, negarme, revolverme, gritar con todas mis fuerzas que no puedo creer más en ti, de que ya no espero nada bueno de ti.
Y recuerden lo que decía Chandler sobre Hemingway:
En medio de este caos encuentro siempre a mí mejor yo, ese que sigue creyendo en ti y en mí. Ese yo que vuelve una y otra vez a aquella noche, a aquel paseo, a tu vieja casa, a nuestros recuerdos. No me conformo, nada me conforta, nada quiero. Sé que todos empiezan a mirarme mal, a no creer nada de lo que digo y cual cinta de Moebius ven de mí sólo una cara, la más patética. Sé -por sus ojos-lo que piensan. Los oigo cuando me creen ausente, me tachan de loca, de ida, de excéntrica.
Amor, mi amor, no te conocen, no me conocen. ¿Acaso es cuerdo el amor? ¿Son cabales los amantes? Estamos de acuerdo en algo: me niego a no sentir. Por eso salgo en tu busca una y otra vez, sin miedo a que la oscuridad de la noche me atrape, de que la luz del sol me ciegue. Y grito tu nombre y corro hasta tu encuentro, me arrancó el corazón y te lo ofrezco porque me basta con el tuyo para seguir latiendo.
No entienden que necesite disfrazarme cada noche en el cigarro que te fumas, en el humo que exhalas, convirtiéndome así entre las filigranas en tu Colibrí. A quién le importa si el torrente de pasiones me arrastra hasta ahogarme, tratando de salvar: la flor de tu risa, el abrazo de tus ojos, las miradas que se desprenden de tus manos (abiertas) y tus puños (apretados).
Y claro, imposible entender de lo que hablo si nadie al parecer cree en las musas.