Qué vanidad imaginar que puedo darte todo, el amor y la dicha, itinerarios, música, juguetes. Es cierto que es así: todo lo mío te lo doy, es cierto, pero todo lo mío no te basta como a mí no me basta que me des todo lo tuyo.
Por eso no seremos nunca la pareja perfecta, la tarjeta postal, si no somos capaces de aceptar que sólo en la aritmética el dos nace del uno más el uno.
Por ahí un papelito que solamente dice:
Siempre fuiste mi espejo, quiero decir que para verme tenía que mirarte.
“¿Has oído el cuento de viejas de que necesitamos un año y un día para saber de verdad, desde el corazón, que alguien ha muerto? Dicen que necesitamos vivir un año entero sin esa persona -su cumpleaños, navidad, etc.- y solo entonces empezamos a aceptar.
Sí, eso dicen, puede que sea así. Hoy hace dos años que no te oigo reír, ni te veo llegar corriendo y marcharte deprisa, como siempre, como entonces. Ya no estás a la hora de la comida hablando por tu móvil, ahí, enfrente de mí, mandándome a callar cuando te pido que comas algo, ya no me tiras un cacho pan, por burlarme de ti y de tu amor. Hace dos años, que ya no me cuentas tus cosas, tus niños, tus dudas, tus reflexiones sobre por qué nosotras siempre damos más, nos damos más, sin condiciones. Hace dos años y algo más, no mucho más (por desgracia te duró poco la alegría) te vi saltar y gritar que te habían dejado fija en la empresa; el mismo que hace, de que ya no me vienes a ayudar a terminar mi trabajo.
Yo te sigo llorando, no a diario, como hace un año, ya ni siquiera me despierto cada noche ahogada en llanto. Pero te sigo llorando, a ratos.
Porque te mereciste mejor vida y una mejor muerte, porque no me resigno, porque no quiero entenderlo. Porque fuiste: una buena hija, una buena madre, una buena hermana, una buena amiga, una excelente compañera, la mejor trabajadora…y siempre, siempre, tan alegre.
Sé que ahí donde estas, cuidas muy bien de alguien, te doy las gracias.
Estoy triste, estamos tristes, ya sabes, todos los que te queremos; pero te prometo no llorar, hoy no. Creo que hoy toca merienda de locas, ya sabes, te esperamos, es en tu nombre.”
Esto te lo escribí hace un año y hoy después de tres sin Rosa, el aire sigue oliendo a ti.
Si el año pasado tocaba merienda de locas éste va de Cabalgata de Carnaval…ya sabes, no faltes, son tus fiestas (¡cómo las disfrutabas!). Será fácil reconocerte serás la Rosa, disfrazada de Ángel, en medio de un grupo de brujas. Llevo semanas bien triste, pero no voy a llorar ya sabes, las brujas no lloran, te esperamos.
Teatro, lo tuyo es puro teatro, pero un teatro muy enmarañado, entrelazado, virtualizado…Te busco y no te encuentro en medio de tanta nube ¿web? Teatro, lo mío es puro teatro, pero si acaso sea más ¿Grotowskiano? Me atraen las palabras, vivo y muero por ellas, me da igual el envase que las contenga: libros, libretas, libretos, guiones, periódicos, revistas, gacetillas, panfletos, recetas, canciones… Me gustan hasta las de a 30, 60 y 90 (no hubiera o hubiese subsistido sin ellas) y por supuesto el teatro... ¡Ah teatro, lo nuestro es puro teatro! Y sí cómo te decía; cómo te iba diciendo: me presenté ante ti desnuda, sin escenografía, sin iluminación, sin música… Sin técnica alguna. Hasta sin maquillaje a cara lavada es decir, pobre como lo fui, como lo soy e irremediablemente seré. Teatro, lo tuyo y lo mío es purito teatro…Y despojada de todo elemento superfluo me concentro en ti, para que te veas en mí, porque me vea en ti, en la esencia de lo que un día creí… En lo más puro. Encontrando códigos morales totalmente ascéticos. Te leí, te sentí y cual Fausto moderno llegaste al éxtasis a través de mi pasión. Ahora estoy preparada para el martirio; mi condenación eterna. Seré el Mefistófeles hembra y entonaré una marcha triste mientras Mefistófeles macho te carga a su espalda camino de la Cruz. Y ya sin alianzas ni nuevas ni eternas, podremos recordar instantes esta vez sí; viejos y eternos: el primer beso, el segundo paseo, el último vino compartido. ¡Ah, carajo! No me vengas ahora con la vaina de que me repito, hoy no hablo de abandono quizá mañana, pero hoy no. Sabes, mañana no tampoco. Hoy sí, hoy también todo es teatro, la vida es puro teatro.
Sí, quizá él la describió tal y como era. Los golpes de la vida, su separación, la muerte de algún amigo, la de un familiar no esperado…Todo hizo más mella de lo que parecía. Y sí, no es que ahora no fuera feliz, pero esa huida hacia adelante, la obsesión en no perder el tiempo, dejaba claro alguna carencia. Pudo ser domingo o tan solo parecerlo, cuando abrió aquella ventana para cerrar indefectiblemente esta puerta. Sí, era cierto estaba sola como antes, como siempre, pero era ella; nunca dejaría de ser ella. Y esa certeza era la que a él le pellizcaba el corazón. Siempre sería así y la imposibilidad de merecerla le resultaba insoportablemente dolorosa. Podemos querer lo que tenemos, por eso a ella ya solo podría recordarla. En todo esto pensaba, mientras se mecía sentado en el filo de su cobardía. Esperando que el tiempo abriera finalmente esa ventana o al menos cerrara la herida.
No añoro de ti: ni tu risa, ni tu voz modulada –esa que no se corresponde con tu cara –. No añoro tu abrazo cálido, cómo aquel que me diste al pie de la playa, convirtiendo tus brazos en cobija; calentando y aliviando el dolor de mis huesos cansados del trabajo. Ni el placer en mi cuerpo mientras esculpías con tu buril cada curva, cada pliegue, cada hueco… No añoro el tacto de tu piel, ni su olor, ni añoro tus manos, ni las puntas de tus dedos rasgueando la guitarra de mi espalda. Ni siquiera añoro tus besos, si acaso... el primero. Y no me da pena confesarlo: ese fue mi último primer beso. No añoro el sudor corriendo por tu frente, ni el brillo de tus ojos en busca de los míos para sentir y ver el destello del orgasmo compartido. Y no lo echo de menos, porque todo eso es mío. Todo esto lo tengo y lo mantengo. Escribir que te extraño mientras busco las palabras que te hagan temblar con cada verso. Decirte tan solo que añoro el sabor de aquel vino compartido, el olor desprendido de tus hombros mientras libabas por debajo de los míos. Que el último recuerdo antes de dormir sea el calor de tu cuerpo en mi espalda. Y lo primero que evoco al despertar: tu mirada.
Nos empeñamos en leer derecho en reglones torcidos. Nos engañamos consumiendo sorbitos de vida, chupitos de ilusión. En escribir en pantallas, navegar por redes infinitas llenas de maraña, musarañas, en busca de: imágenes, sonidos, músicas que nos inspiren. Y a nuestras espaldas está la vida en forma de puerta que se abre: al sol, a la mañana, a la hoja de acacia, al vencejo, al niño que descubre, la flor que estalla, la niña que crece tan guapa, el hombre que espera, la guagua que tarda, la playa, la arena, mi barra, mi Peña (la vieja), el cielo infinito, la primavera, la nube, la palabra…las palabras.
Dudó de que aquella maleta fuera lo suficientemente grande. Comenzó por doblar aquél suéter azul y pensó: no se culpe a nadie. Guardó los libros de Anaïs Nin, junto con aquel marcador olvidado. Dobló con cuidado sus vaqueros y atrapó unos cuantos suspiros (esos besos que no damos), la camisa gris, la blanca, la negra. Los calcetines rellenando los huecos junto con las cosquillas y todos sus gestos. Siguió doblando recuerdos, se llevaría consigo sólo los buenos…los malos los tiró sobre la cama con rabia. Al ladito de los sombreros metió algunos de sus sueños. La bufanda para el frio cobijando algún orgasmo. Entre sus pañuelos, los olores cotidianos (los de su pelo, su cuello, su pecho…). En el neceser de mano, cercano al dentífrico guardó los besos, los secretos, los susurros. Con la lencería fue doblando mañanas, tardes, noches, madrugadas de sexo: pasional, tierno, breve a veces. En los guantes metió caricias, mimos, unidos al roce de las puntas de sus dedos. Por último guardó los zapatos, los fetiches… pies descalzos caminando por los sueños. Pero, no guardó espejo alguno, simplemente –cual Alicia- cruzó al otro lado.
El dolor de partir se mezcla con la alegría de la promesa de la vuelta. La mitad de un cuerpo queda en el andén y la otra mitad se va en el tren. Pero las almas quedan hasta el reencuentro suspendidas en el tiempo y el espacio. Abrazadas fuertemente: desnudas, despojadas, huérfanas…Los cuerpos separados, se convierten en autómatas de ojos opacos, labios sin risas, de pies sin prisas.
Sentada al borde del muro de la vida, aferrada a tu mano miro; miro hacia adelante y veo vida. Porque si tú tomas mi mano, no hay miedo, no hay dudas ni silencios. Al borde del muro de nuestra vida estoy sentada. Sentada en el borde de mi vida en esta calma chicha que anticipa la tormenta que se avecina. Y en la tormenta veo tu barco con la proa enfilada directamente hacia a mí. Y eso es lo que importa, la tormenta pasará, y tú arribarás a mí que estoy sentada al borde del mar de nuestra vida en esta calma chicha.
Rafael Arozarena Doblado (Santa Cruz de Tenerife, 4 de abril de 1923- ibídem, 29 de septiembre de 2009) fue un escritor español, poeta y prosista. La obra de Arozarena está considerada, tanto por el público como por la crítica, como una de las contribuciones más interesantes a la literatura canaria de la segunda mitad del siglo XX.
Sus inicios están ligados a autores como Víctor Galtier o Víctor Zurita; en los años cincuenta y junto a otros escritores tinerfeños (como Isaac de Vega, Antonio Bermejo y José Antonio Padrón) forma parte del grupo fetasiano, que en medio de la opresiva realidad de los años del franquismo desarrolló una visión sobre la literatura, el ser humano y su difícil relación con el mundo que constituye una pieza fundamental de la cultura canaria contemporánea.
En 1988 obtuvo junto a Isaac de Vega el Premio Canarias de Literatura. En el año 2000 ingresa en la Academia Canaria de La Lengua.La obra de Rafael Arozarena (traducida al alemán, rumamo e italiano) abarca tanto la poesía como la novela. Dentro de este último ámbito, [[Mararía (novela)] es su obra más conocida, de gran relevancia en su tierra, donde es considerada como una obra clásica de la literatura canaria. Fue llevada al cine en 1998 por el director Antonio José Betancor, con la actriz lanzaroteña Goya Toledo en el papel de Mararía y con música del cantautor tinerfeño Pedro Guerra.
Rafael Arozarena realizó además abundantes colaboraciones en la prensa de las islas Canarias.
Mi casa me dice: no me dejes porque aquí mora tu pasado, y el camino me dice ven y sígueme porque soy tu futuro. Y yo le digo a mi casa y al camino: no tengo pasado ni futuro. Si me quedo habrá un deseo de marcha en mi estancia. Y si me voy habrá un deseo de estancia en mi partida. Sólo el amor y la muerte transforman todas las cosas.
A veces la vida no es tan compleja, es tan sencilla como mirarme en tus ojos verdes de mar y navegar. No me preguntes marinero: cuán de cargada llevo mi maleta. Mi equipaje, ahora, es ligero y no importa lo que guardes en tu petate. El pasado no existe, en el futuro apenas creo. Siempre es hoy y en ti navego. Marinero, tus lágrimas me saben a mar… A ese mar de Amor, de amor Amar.
Hoy quiero jugar, te propongo inventar una nueva realidad. Haremos cómo si no nos separaran dos Continentes, dos Océanos, dos Vidas. Por un instante vamos a sentirnos mimados por ésta (ya sabes...esta entrometida) y creamos, volvamos a creer. De la misma manera que redecoré esta isla entera para ti (pintándola de: dunas, paseos, cruces, caminos, olas, mares, nubes, calderas, balcones, ventanas, fuentes, plazas, barcos, sabores, calores, sonidos, vientos, brisas, risas, lágrimas, olores, perfumes, santos, descubridores, perros, palomas, gaviotas, sal, miel…), redecoraré tus sueños. Hoy seré la niña ventanera escondida tras la cortina que mece el viento en la ventana de aquella calle, de aquella Isla, de aquel Archipiélago en aquel Continente ¿inventado? Y desde la niña que fui –que soy- te espío buscando el enmarque perfecto de mi memoria, mientras tú, ahí, en esa calle, buscas el magistral encuadre para esta ventana abierta al mar. Hoy sentada en esta plaza, donde es evidente que no estás, la calle Remedios –aquí a un lado- me consuela de tu ausencia. La Peregrina –justo de frente- se burla y me invita a pasear; entonces me rindo y voy hasta tu recuerdo que se empeña en tomarme de la mano, en llamarme por mi apellido, en enredarse con mi pelo…Y juego.
Hoy he decidido escribir desde la frialdad, como me pidió mi maestro y vienes repitiéndome tú, desde que me lees. Y es curioso, porque en realidad lo que te interesa saber es lo que siento. Fríamente, me parece que me repito o te repites una y otra vez. Las palabras se nos agotan, se nos escapan, se nos licuan en la boca. Se nos cansan: la boca de hablar, los dedos de teclear y la cabeza de soñar. Las cosas pasan porque tienen que pasar, seguramente, sin buscarnos nos encontramos y -te repito- ese fue el día de la suerte. Centrándome en ti, únicamente en ti. Ya sabes que me disperso, me despisto, me disgrego…Te digo: No soy de pactos más que nada porque los contratos están para saltarlos, romperlos, violarlos…Si no recuerda el “único” (de qué nos valió). Pero, acepto el compromiso de que me vea en ti, de que te veas en mí... De que me hagas feliz, de hacerte feliz. Ahora te digo: no puedo evitar poner cara de boba cada vez que te leo, cada vez que te oigo, cada vez que te sueño. Cómo te decía, como te iba diciendo: Hoy he decido escribir desde la frialdad.
Había una vez una princesita llamada Valente. Vivía en el país De Los Bellos Amores- este país sólo existe en los sueños de los que aman de verdad-. Se pasaba el día y la noche durmiendo cobijada por una planta de aloe, esperando a que sus padres se encontraran y se amaran. Y tal vez, entonces y sólo entonces, la princesita despertaría a este mundo. Su madre soñaba engendrar -del amor más grande- una niña. Su padre fantaseaba con encontrar a alguien a quien poder amar tanto, tanto, tanto, que de ese amor naciera la más bella y valiente flor. Así fue cómo desde dos puntos muy, pero que muy distantes: un hombre y una mujer acariciaban el mismo sueño. Tras mucho tiempo -ese hombre y esa mujer- se encontraron sin buscarse. Se reconocieron, se supieron, se anudaron y se amaron. Valente, despertó del país De Los Bellos Amores y se hizo realidad en éste. Cuentan de que el aloe posee muchas propiedades curativas. Ahora tú al igual que yo sabes que esto es debido al amor, al verdadero amor. Y a esa princesa llamada: Valente, a la que tanto tiempo esta planta abrigó.
La niña estaba triste, la niña lloraba, y para distraer su pena cebollas pelaba. ¿Qué tendrá la niña qué suspira con tanta pena? Con el jugo de la cebolla disimulaba, pero la niña está amarga a mí no me engaña. Cascaras de cebollas recogedor de lágrimas.
Todo cuanto anhelo es apagar esta sed con tu boca esa que no se equivoca. Todo cuanto quiero es que me sostengan fuerte tus brazos por no decir abrazos. Todo cuanto ansío es perderme por el laberinto de tu pecho sin despecho. Todo cuanto espero es verme en tus ojos risueños de sueños sin enojos. Todo cuanto deseo acaba en ti, empieza en ti, reside en ti.
Necesitaba creer. Siempre pasa cuando piensas que vas a tocar fondo y te preguntas: ¿Qué hago con este muro en donde me empeño una y otra vez en chocar? Pasa que me rompo, me voy de plano y asisto como libre oyente de esta cosa que convenimos llamar vida (más que nada por abreviar). Y el tiempo, este compañero que sobra o falta, pero siempre transforma, nos cambia la perspectiva. Y somos capaces entonces de ver: matices, gestos, silencios, miradas, y, ese detalle -justito aquel- que no vimos, hoy se nos aparece nítido, encajando otra pieza en el puzle. Y con la bendita pieza ya no te sientes tan roto, tan solo, tan loco. Y sin buscar encuentras esa sonrisa llena de vida; esa palabra cuya voz te tranquiliza; esa alma que toca tu alma. Y tiemblas…
Cansada de besar príncipes que se convertían en sapos, se escapó con el jardinero de Palacio. Con la absoluta certeza de que éste jamás se transmutaría en semejante batracio.
Y ahí estaba yo viendo pasar la calle y te vi – fue el momento en que cambió mi suerte- esperabas algo o a alguien, no sé. Y aquí estoy inventando en ti siempre en ti, a que te decidas a surcar la calle, a buscarme. Y allí te aguardaré vestida: de amiga, de amante, de vida…calzados los pies de aire, licuándo-me poco a poco espero no rebosarme. Y entonces me beberás sorbo a sorbo, vestido de frac, ese que siempre te pones para saltar de este lado. Y así es como te veo, igual que en aquel instante, en qué nos cambió la suerte, en medio de aquella calle, limitados de absurdas gentes.