
Alquiló una habitación en el hotel más emblemático de la isla. Desde lo alto las vistas impresionan: puedes contemplar toda la ciudad. Pero no fue capaz de dormir y se fue.
Regresó por la mañana. Pidió en recepción que no se la molestara. No quería servicio de limpieza, al menos ese día.
Cuando por fin entré, la habitación estaba impoluta, la cama sin deshacer, todo en perfecto orden. Sobre la cama en hilera un bolso, un reloj, una alianza de matrimonio y una carta. Nada para el servicio de habitaciones, ni una propina ni un simple: “gracias por todo”.
En la terraza, la silla del escritorio, junto a la barandilla.
Ella, abajo, en la calle.
Lo vio llegar. Como siempre, tarde a su cita; su última cita.